El edén se esconde en el paraíso, Reinerio Tamayo.




Por Lázaro Chavez Armenteros, Madrid 


Bajo este sugerente título, se expone desde el 25 de mayo, en el Centro Pablo de la Torriente Brau, de La Habana, la última muestra personal de Reinerio Tamayo, en la que se puede ver la más reciente producción artística de este creador.

Con su habitual doble sentido, su espíritu burlón, su gusto por la ironía y el humor recurrente de su impronta, la exhibición es un homenaje a grandes artistas plásticos de todos los tiempos, donde se subraya la idea de que el buen arte siempre tendrá un espacio en los sitios que lo legitiman y un lugar destacado en el paraíso personal de cada hombre.

Entre los artistas a los que Tamayo rinde culto en sus peculiares apropiaciones se encuentran Duchamp, Goya y Malevich, entre otros. De ellos toma algunas de sus piezas paradigmáticas. Quizás muy pocos sepan que Marcel Duchamp –como Tamayo– comenzó sus primeras incursiones en el mundo del arte realizando dibujos humorísticos para revistas y periódicos. Para ambos el humor ha constituido un elemento ineludible y confirmador de su estética.

En 1917, El urinario de Duchamp revolucionó y puso en tela de juicio los paradigmas del arte. Tres cuartos de siglo después, algunos todavía se cuestionan la obra artística de Tamayo por el humor que utiliza en su discurso creativo, considerándolo un arte menor.

Su particular incautación de El urinario, reinterpretada y convertida en El arca de Duchamp rezuma ironía. La paradoja, el juego de lo visual y la tendencia al humor y a los significados múltiples convierten en enigmática esta realización de Tamayo.

Otra de las piezas destacadas en esta muestra es, sin dudas, Adiós a las armas, llena de un humor verde que se entronca con la pintura negra de Goya en Los fusilamientos del tres de mayo. La carga dramática de aquel hecho violento: de un lado los que van a morir y del otro lo que van a matar, se suplanta en la pieza de Tamayo por el placentero mundo del deseo sexual. Desaparecen las armas de fuego y se reemplazan por el pene, como elemento no sólo representativo del sexo masculino, sino como alegoría del deseo en muchas ocasiones reprimido, envuelto en un submundo de oscuridad y violencia. Si la obra de Goya constituye claramente una crónica de la realidad que le tocó vivir, la de Tamayo también lo es.

Sin duda alguna, son hechos disímiles. Diferentes formas de representación. Si Goya lo refleja a través del dramatismo fotográfico que logró con su genial pintura, Tamayo consigue escenificar la realidad del siglo XXI con humor, en esta oportunidad, erótico. Ambos, con sus obras, son el testimonio vivo de su tiempo.

Publicado en: cubaencuentro



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